Las personas pueden encontrarse repitiendo dinámicas dolorosas en sus relaciones incluso cuando conscientemente desean algo diferente. Alguien que se sintió ignorado durante su infancia podría luchar intensamente para que su pareja lo escuche, mientras que una persona que teme el abandono puede buscar reafirmación con tanta insistencia que la otra persona se aleje.
Las relaciones tempranas pueden influir en la forma en que las personas se vinculan con los demás durante la adultez. Las investigaciones citadas en el análisis original relacionan las experiencias de apego en la infancia con patrones posteriores en las relaciones, incluidas dinámicas emocionales recurrentes en distintas parejas. El psicólogo Sigmund Freud describió una idea relacionada como «compulsión a la repetición»: la tendencia a volver a experiencias dolorosas, quizá con la esperanza de lograr un desenlace diferente.
La familiaridad puede hacer que estos patrones resulten convincentes sin hacerlos saludables ni seguros. Por ejemplo, una persona criada por un progenitor crítico o emocionalmente distante puede volverse muy sensible al tono distraído de su pareja. Podría exigir reafirmación o protestar cuando esta se retrasa, lo que llevaría a la pareja a alejarse. La distancia resultante puede reforzar entonces los sentimientos originales de estar solo, no ser deseado y no ser comprendido.
Una investigación de Downey y sus colegas encontró que las expectativas ansiosas de rechazo estaban asociadas con conductas conflictivas que ayudaban a explicar respuestas más rechazantes por parte de las parejas sentimentales. Otros trabajos han relacionado las orientaciones de apego con las reacciones durante conversaciones estresantes sobre la relación. Los recordatorios del trauma también pueden reactivar respuestas familiares, incluso cuando esas respuestas contribuyen al sufrimiento continuo.
Sin embargo, el marco de la compulsión a la repetición no demuestra que las personas busquen inconscientemente el abuso o el maltrato. Una revisión sistemática identificó el maltrato previo como un factor de riesgo asociado con la revictimización, pero concluyó que los mecanismos subyacentes siguen sin comprenderse por completo. Nadie es responsable del abuso ejercido por otra persona.
Entre las posibles señales de un patrón repetitivo se incluyen conflictos que parecen extrañamente similares a experiencias anteriores, reacciones que parecen más intensas que la situación inmediata, una atracción repetida hacia parejas no disponibles o conductas protectoras que producen la respuesta que la persona teme. Perseguir, criticar, explicar en exceso, retirarse y complacer pueden haber cumplido propósitos protectores en el pasado, pero pueden crear dificultades en las relaciones actuales.
Romper el ciclo comienza por notar la familiaridad emocional y preguntarse cuándo apareció antes ese mismo sentimiento. También puede ser útil identificar la respuesta protectora, considerar qué pretende lograr y observar qué provoca realmente en la otra persona.
Crear una experiencia diferente puede implicar expresar el dolor sin atacar, pedir consuelo en lugar de criticar a una pareja que se está alejando, reconocer la sensación de agobio en vez de cerrarse o establecer un límite a pesar del temor a decepcionar. En algunos casos, abordar las experiencias anteriores que dieron forma a estas reacciones puede ser importante junto con cambiar los hábitos actuales de comunicación. El análisis original citó las experiencias de terapeutas que combinaron la desensibilización y reprocesamiento por movimientos oculares, o EMDR, con la terapia centrada en las emociones, aunque señaló que se necesita más investigación sobre los resultados.
El proceso puede ser difícil porque las respuestas más saludables al principio pueden parecer desconocidas e incómodas. El objetivo no es encontrar una pareja perfecta que reescriba las experiencias de la infancia, sino reconocer cuándo el pasado está influyendo en el presente y desarrollar gradualmente formas diferentes de relacionarse.
Fuentes: Psychology Today.