Aunque el alcohol es ampliamente reconocido como una fuente de calorías vacías que proporciona aproximadamente siete kilocalorías por gramo sin nutrientes esenciales, hallazgos recientes sugieren que también altera activamente el comportamiento alimentario. Un estudio publicado en Obesity Reviews por investigadores del Charles Perkins Centre de la Universidad de Sídney revela que el consumo de alcohol en un entorno obesogénico impulsa a las personas hacia alimentos ultraprocesados. El mecanismo implica la elevación del factor de crecimiento de fibroblastos 21 (FGF-21), una hormona secretada por el hígado, que promueve el antojo de proteínas y alimentos con perfiles de sabor umami.
El estudio analizó datos de más de 9.000 participantes y encontró que por cada bebida estándar consumida, la ingesta de proteínas y alimentos salados aumentó aproximadamente siete gramos, mientras que el consumo de alimentos dulces disminuyó. Sin embargo, el aumento de peso se observó principalmente en los participantes que combinaron el alcohol con lo que los investigadores denominan "cebos proteicos". Estos son snacks salados y ultraprocesados que carecen de contenido real de proteínas. Para satisfacer la señal biológica de proteínas desencadenada por la hormona, las personas consumen cantidades excesivas de estos alimentos densos en energía, lo que resulta en un superávit calórico neto y un aumento de peso.
Amanda Grech, autora principal del estudio, explicó que el alcohol induce el aumento de peso no solo a través de su propio contenido calórico, sino empujando a las personas a comer artículos ultraprocesados sabrosos o alimentos diluidos en proteínas como carnes procesadas grasas. Aunque este estudio específico no midió los niveles de FGF-21 en los participantes, investigaciones anteriores respaldan el vínculo. Un estudio de 2018 publicado en Molecular Metabolism que involucró a asistentes del Oktoberfest demostró que el consumo excesivo de alcohol eleva drásticamente los niveles sanguíneos de FGF-21.
Diego Bellido, presidente de la Sociedad Española para el Estudio de la Obesidad (SEEDO), señaló que, aunque faltaba la medición hormonal directa, la hipótesis mecanicista es plausible y coherente con los datos poblacionales. Destacó que este trabajo cambia la comprensión de la relación entre el alcohol y la obesidad, subrayando cómo las señales metabólicas como la FGF-21 pueden modificar el comportamiento dietético más allá de la simple adición de calorías.
Los expertos aclararon además el papel de la calidad de la proteína en la saciedad. Ana Belén Crujeiras, del Instituto de Investigación Sanitaria de Santiago, explicó que las proteínas de alta calidad desencadenan rápidamente señales de saciedad en el cerebro. Por el contrario, los alimentos salados ultraprocesados proporcionan sabor umami sin suficiente proteína, lo que dificulta alcanzar la saciedad y conduce a comer en exceso. Estudios anteriores, incluido uno publicado en Cell Metabolism en 2016, identificaron la FGF-21 como un sensor endocrino específico para la escasez de proteínas, con niveles que aumentan bajo dietas bajas en proteínas y altas en carbohidratos.
Crujeiras destacó que en su propia investigación comparando dietas cetogénicas con cirugía bariátrica, los pacientes sometidos a cirugía mostraron niveles elevados de FGF-21 durante la fase aguda debido a la deficiencia de proteínas y la inflamación, mientras que aquellos con dietas adecuadas en proteínas vieron cómo los niveles disminuían. Esto respalda la teoría de que el alcohol induce un déficit percibido de proteínas, desencadenando la secreción de FGF-21 y los antojos subsiguientes. Para contrarrestar este efecto, los expertos recomiendan reducir el consumo de alcohol o combinarlo con alimentos ricos en proteínas y menos procesados, evitando al mismo tiempo entornos llenos de snacks salados y aperitivos densos en energía.
Fuentes: El País Ciencia.