Las personas que quieren dejar de excederse a sí mismas suelen descubrir que la culpa se interpone. Pueden saber que necesitan establecer límites, dejar de responder cada llamada o dedicar más tiempo a cuidarse, pero aun así sentir que negarse las convierte en personas egoístas, perezosas o en un mal amigo, padre o familiar.
La dificultad es que los sentimientos no pueden simplemente apagarse. La culpa, al igual que la ansiedad, la tristeza o la ira, puede cumplir una función. En su forma más constructiva, es una emoción prosocial que puede motivar a las personas a reparar las relaciones después de hacer algo mal y favorecer la cooperación. Pero la culpa puede volverse excesiva cuando impide que las personas atiendan sus propias necesidades.
Un patrón descrito en la fuente es la «culpa por responsabilidad omnipotente», en la que una persona se siente responsable de las emociones y el bienestar de los demás. Esto puede estar relacionado con relaciones tempranas en las que un niño percibía a su cuidador como impredecible o emocionalmente desbordado. Debido a que los niños dependen de sus cuidadores para sentirse seguros, pueden aprender a vigilar y gestionar los sentimientos del adulto, creyendo que la infelicidad de este es culpa suya.
Esa creencia puede continuar en la edad adulta. Cuidar de los demás puede llegar a estar estrechamente ligado a la identidad de una persona, mientras que priorizarse a sí misma puede desencadenar una sensación de peligro, pánico o temor. En este contexto, la culpa puede parecer más segura que aceptar que las reacciones de los demás están fuera de su control. Asumir la culpa conserva la creencia de que los problemas pueden solucionarse.
Por esta razón, cuestionar directamente la culpa puede no ser suficiente. Una persona puede contar con pruebas claras de que no es egoísta ni indiferente y aun así sentir un intenso malestar cuando cambia patrones establecidos. La respuesta emocional puede reflejar una sensación más antigua de peligro relacional, en lugar de los hechos de la situación actual.
Por tanto, abordar estos sentimientos puede requerir paciencia y ayuda profesional. En vez de intentar abandonar la culpa de inmediato, la terapia puede ayudar a las personas a comprender de dónde proviene y a observar la ansiedad que surge cuando establecen límites. Los pasos pequeños, como decir que no a una petición manejable, pueden proporcionar nuevas experiencias y actualizar gradualmente las expectativas arraigadas sobre las relaciones.
Cambiar la conducta también puede cambiar las relaciones. La culpa puede mantener a las personas estancadas, pero al mismo tiempo puede ayudar a conservar las conexiones existentes. Cuando alguien empieza a establecer límites, los demás quizá no respondan como esperaba, por lo que es importante considerar qué cambios parecen posibles y cuándo realizarlos.
El objetivo no es necesariamente eliminar la culpa, sino comprender su función y evitar que defina la identidad de una persona. Establecer límites puede ser apropiado incluso cuando resulta difícil, y abordar el proceso con autocompasión y apoyo puede hacerlo más llevadero.
Fuentes: Psychology Today.