La falta de formación sobre el autismo y otras discapacidades del neurodesarrollo está creando un difícil problema ético para los profesionales de la salud mental. Los terapeutas pueden evitar trabajar con clientes autistas porque no se sienten competentes para proporcionar una atención adecuada; sin embargo, la exclusión generalizada puede dejar sin apoyo suficiente a una población con importantes necesidades de salud mental.

El problema fue puesto de relieve por un profesional autista de la salud mental y defensor de los derechos de las personas con discapacidad, quien describió haber escuchado a terapeutas decir despreocupadamente que no trabajan con personas autistas. En la formación profesional, este proveedor pide a los participantes que completen la frase «No trabajo con personas _____» utilizando distintos grupos minoritarios. El ejercicio pretende mostrar por qué la exclusión basada en la raza, la sexualidad u otras identidades se reconoce ampliamente como discriminatoria, mientras que la exclusión basada en la discapacidad suele considerarse aceptable.

Un estudio citado en el artículo ilustra la magnitud del problema de acceso. Tras ponerse en contacto con más de 8.000 clínicas de salud mental en Estados Unidos, los investigadores descubrieron que el 47 % aceptaba una derivación para un niño con autismo. El artículo relaciona esta escasez con la marginación histórica de las personas con discapacidades del neurodesarrollo y con la atención limitada que reciben sus necesidades en la investigación sobre salud mental y en la formación profesional.

Las normas de competencia profesional añaden otra dimensión al dilema. El código de ética de la National Association of Social Workers insta a los profesionales a trabajar dentro de sus áreas de competencia y a desarrollar sus conocimientos especializados. Cuando los programas de formación ofrecen poca instrucción sobre el tratamiento de clientes autistas o con discapacidad intelectual que presentan afecciones de salud mental concomitantes, los terapeutas pueden concluir que aceptar a estos clientes sería en sí mismo poco ético.

Sin embargo, el artículo sostiene que utilizar la competencia como motivo para excluir sistemáticamente a los clientes neurodivergentes puede entrar en conflicto con otros deberes éticos, entre ellos la prestación de servicios, la justicia social, el respeto por la dignidad de los clientes y los esfuerzos por eliminar las barreras a la atención. Tensiones similares aparecen en los principios éticos de la American Counseling Association, que hacen hincapié en la competencia profesional junto con el bienestar de los clientes, la defensa de sus derechos y la no discriminación por motivos de discapacidad.

La cuestión central es cuándo derivar a un cliente neurodivergente a un especialista representa una práctica responsable y cuándo se convierte en capacitismo. El artículo reconoce que la terapia puede ser más eficaz cuando se adapta a las necesidades de aprendizaje de los clientes, pero sostiene que la falta de formación no puede justificar la inacción en toda la profesión.

Cita investigaciones que indican que las personas autistas tienen nueve veces más probabilidades de morir por suicidio que la población general. En respuesta, el artículo insta a los profesionales de la salud mental a aprender más sobre las necesidades de los clientes neurodivergentes, cuestionar las actitudes capacitistas y contribuir a ampliar el acceso a una atención competente y adaptada.

Fuentes: Psychology Today.