El buen liderazgo suele definirse mediante cualidades conocidas, pero saber qué hace a una buena persona líder no significa que sea fácil poner esas cualidades en práctica. Según el artículo de origen, uno de los desafíos consiste en gestionar las «polaridades»: objetivos contrapuestos que se sitúan en extremos opuestos de un continuo. Prestar más atención a uno puede dificultar el cumplimiento del otro.

Los líderes de las organizaciones afrontan tensiones como motivar a los empleados y, al mismo tiempo, exigirles que rindan cuentas; ofrecer comentarios críticos mientras se genera confianza; y obtener resultados inmediatos mientras se prepara a las personas para el futuro. Otros ejemplos incluyen impulsar la productividad sin provocar agotamiento, centrarse en la estrategia general sin perder de vista el trabajo cotidiano y conceder autonomía sin alejarse tanto como para no detectar los problemas.

El desafío no consiste simplemente en elegir un lado. Por ejemplo, un líder que permite demasiada autonomía puede responder a los problemas imponiendo una supervisión estrecha. Ese cambio puede hacer que después los empleados sientan que se los microgestiona. El artículo señala que el equilibrio adecuado puede variar de una persona a otra, lo que dificulta adoptar un único enfoque que funcione para todos.

Los líderes pueden empezar por identificar las prioridades contrapuestas más relevantes en su lugar de trabajo y evitar inclinarse excesivamente hacia un lado al corregir un desequilibrio. Explicar estas tensiones a los empleados también puede ayudarlos a reconocer cuándo las prioridades están desequilibradas y a alertar a la dirección.

Fuentes: Psychology Today.