En un ensayo personal, quien escribe cuenta que viajó a Florencia en busca de asombro después de que los entornos y las actividades conocidos empezaran a parecerle aburridos. Le preocupaba que ese aburrimiento pudiera ser un indicio de anhedonia, es decir, la pérdida del placer que antes producían cosas agradables. Ver el arte y la arquitectura de la ciudad parecía una oportunidad para recuperar esa sensación de asombro.

Quien escribe y su pareja, Colin, tenían especial interés en ver el David de Miguel Ángel en la Galería de la Academia. Cuando la estatua apareció ante sus ojos, quien escribe notó la expresión de asombro en el rostro de Colin y luego también sintió admiración. La multitud se había quedado en silencio, y la escala y la forma de la escultura hicieron que la galería pareciera casi sagrada.

Pero el encuentro no produjo el alivio inmediato que quien escribe esperaba. En cambio, la estatua le provocó una sensación de desconexión y angustia. Después, los frescos de la habitación del hotel le parecieron imperfectos, y empezó a comparar sus propias aspiraciones artísticas con la obra de Miguel Ángel, preguntándose si algo más podría estar a la altura de la perfección que había visto.

Una comida con Colin ayudó a cambiar el ánimo. Quien escribe encontró que la pasta al pesto era intensamente satisfactoria y comprendió que, aunque no pudiera crear algo como el David, todavía podía apreciar la belleza y disfrutar de un momento cotidiano. La experiencia le dejó otra clase de consuelo: la perfección podía ser efímera, pero había estado allí para vivirla.

Fuentes: Psychology Today.